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Marta Moriarty, 2010
La vida en los márgenes

Paso el verano en un valle remoto de una isla sosegada, no tengo dirección de correo ordinario, aquí no funciona el Internet ni tienen cobertura (palabra rara) los móviles. En el lavadero hay un teléfono rojo plegable cuyo número casi nadie conoce. Un día ese teléfono rojo suena, toda la casa se altera, como antes, cuando llegaban los telegramas. Eliana Perinat al aparato, con su voz lenta y precisa sugiere, entre montañas de sábanas por planchar, que le escriba un texto para el catálogo de su exposición de Septiembre en la galería de Magda Belloti.

Me dice que debo entregar el texto a finales de agosto, y como no dispongo aquí de un archivo de imágenes Perinatianas ni, por lo remoto del lugar, hay posibilidad de hacerme con ellas, me veo obligada a tirar de recuerdos y de sensaciones, o de recuerdos de sensaciones, para hablar de su obra que creo conocer y siempre he buscado entender. Me aturullo, dudo, casi renuncio, no quiero errar, ando a tientas, y al fin me dejo llevar, es entonces, como casi siempre ocurre, cuando lo que parecía un obstáculo insalvable se va convirtiendo en camino iniciático, psicoanalítico y lento por el que llego de nuevo a Eliana Perinat.

Me lanzo literalmente al agua, se que la artista está en esos momentos nadando en otra orilla del mismo mar, no pienso, solo nado, a mi mente en blanco van llegando, pasados por agua, unos recuerdos intravisuales que siguen la selección natural y nunca aleatoria de la memoria.

La obra de Eliana: Costuras y pespuntes cosen los lienzos con cuidado y se convierten en alambradas, espinas, o pájaros lejanos, las nubes son plateadas; junto a un árbol enorme en una acuarela muy aguada hay un sujeto diminuto que parece desnudo; creo ver en technicolor un vilano y una flor roja; raíces barrocas cuelgan del techo sobre mi cabeza; veo emigrantes en las playas de Cádiz con papeles dorados como mantos de reyes que les protegen de la hipotermia y les convierten en príncipes en el destierro; pasa un video con los cuatro elementos en la Cala San Vicente, y un ceviche exquisito bajo una encina milenaria; familias de Calcuta se recogen en un espacio mínimo pero siempre privado, confortablemente doméstico, veo hogares portátiles en cualquier parte del mundo, refugios en la montaña, una espiral de arena, una balsa en el mar, un torbellino de civilización, una mirada desde lo alto a la ciudad, al interior o al mundo, veo la perspectiva cósmica de un tornado; vibra el color sobre un carboncillo esquemático, trazos limpios, unas manchas de color parecen sangre sobre las líneas, otras tiñen de verde o azul la alegría o el espanto y los revelan como particulares y contemporáneos; niños cercanos de países lejanos, me miran oscuras miradas de niños, veo juegos de niños, embozos de niños en su madre, niños en guerra; salta un dibujo casi japonés, y Somalia, China, más Africas; aquel vídeo en Barcelona, Eliana con olor a óleo antiguo, la Eliana de los cuadros mínimos e infinitos, su lentitud con música suave en un jardín interior, su ritmo, el laberinto de perfumes para los que no ven, unas piernas largas, colores metálicos, veladuras, un suelo de bambú, su modo de andar, como una etíope, con el vientre plano por delante, la aldea global, y el Eco de una niña con leotardos de lana; tornados y tormentas, mares, cielos, guerras y volcanes.

Salgo del mar exhausta, ciega por la sal y por la nitidez de las imágenes que nadaban conmigo, iluminada por una repentina revelación: Eliana Perinat, su vida y su obra forman un todo único, una trama indisoluble, una realidad constante que no acepta límites entre el actor y su acción. En Eliana, la conocida definición “Arte es lo que hacen los artistas” se convierte en “Arte es lo que es el artista”.

Así pues y de ahora en adelante, para evitar reiteraciones, siempre que hable de Eliana, ha de entenderse que hablo de su obra, y viceversa.

Heredé de un amigo la costumbre de consultar en el diccionario las palabras más triviales, recurro así al María Moliner para buscar la palabra “raro” y encuentro entre sus acepciones: “Escasos, muy pocos. Excepcional, extraordinario, extraño, singular, muy diferente de lo corriente. Se aplica a ciertos elementos como el cerio, el radio o el torio que existen en muy pequeña cantidad”.

Y pienso que no me equivoco al afirmar que Eliana es, como el cerio, el radio o el torio, una artista rara.

Su espacio interior es excepcionalmente amplio y son muy densos los silencios que habita y de los que se alimenta. Eliana es engañosa porque nunca miente y porque en su suavidad es imparable y tozuda; La armonía estética en la que se mueve no es trivial ni parte de un ideal de belleza, es por el contrario el resultado de su afán de coherencia activa y ética.

La mirada de Eliana es tan vertical que no sabe ver en superficie sino que se demora en cada punto en el que sus ojos se detienen para convertirlo en un pozo.

Eliana Perinat es delicada y poderosa como el musgo que cubre las rocas inmensas de la sierra de Urbasa y levanta la arquitectura verde de un bosque encantado, más viva que los mismos árboles.

La obra de Eliana es delicada y peligrosa como el leopardo que se mueve en la selva sin apenas dejar huellas ni sonido, camuflado entre las luces y sombras, compartiendo el espacio objetivo pero al mismo tiempo viviendo en los márgenes de la realidad común o en paralelo a ella.

Creo que este concepto de “la vida en los márgenes” está en el meollo de la obra de Eliana, es uno de sus núcleos motrices, porque la artista, camuflada entre luces y sombras, elige libremente vivir y crear en los márgenes. Eliana, desde una empatía espontánea, se identifica con los que reconoce como iguales, aquellos que para bien o para mal, por su felicidad o para su desgracia, por arriba o por abajo y en cualquier lugar, ocupan los flecos de la realidad habitual.

Y veo esta exposición, la obra polimórfica y paciente de Eliana Perinat, como una canasta de flecos con los que la artista va tejiendo un diseño único, un exorcismo, una rebelión tranquila, una alfombra voladora que nos conduzca a la última utopía, a un nuevo lugar, mestizo y luminoso sin opción ni maldición de márgenes.



Marta Moriarty, 2010
La vida en los márgenes

I spend summers in a calm island, a valley far from everything, where ordinary mail, internet cellular phones do not work, there is no coverage (strange word). In the laundry room there is a folding red phone, the number practically nobody knows. One day that red phone phone rang, the hole house got altered, like in the old days when a telegram arrived. Eliana Perinat is on the line, with her slow and precise voice, suggesting, between piles of sheets to be ironed, that I write a text for her show’s catalogue, at Magda Bellotti Gallery next september.

She tells me I must have the text ready for the end of august, and of course I do not dispose of an archive of Perinatian images on me, and because of the remoteness of the place there is no way of getting them, so I see myself obliged to dive into memories and sensations, to talk about her work that I believe I know and have always intended in understanding. I get stuck, doubt, nearly renounce, I don,t want to make mistakes, I walk blind and at last I let myself go, at this point, as it nearly always happens, what seemed an impossible obstacle becomes an inciatic path, psicoanalitically and slowly taking me back to Eliana Perinat.

I literally jump into the water, I know the artist is in these moments swimming at another shore of the same sea, I don’t think, only swim; through water some visual memories start popping up in my empty mind, mind, following my mind’s natural selection never an aleatory one.

Eliana’s work: seams and backstitchings, carefully sew canvases that become wire fences, thorns or far away birds, silvery clouds; next to an enourmous tree in very diluted watercolor is a tiny person that seems naked; I believe to see a kite in technicolour and a red flower; barroque roots hang from the ceiling over my head; I see emigrants at Cadiz beaches with golden papers like kings gowns that protect them from hipothermia and transform them into exile princes; a video with the four elements passes in Cala San Vicente, and an exquisite ceviche under a milenary oak; Calcutan families gatther in a minimun but always private space, comfortably domestic; I see portable homes in any part of the world, mountain refuges, a sand spiral, a raft in the ocean, a whirlwind of civilization, a view from above the city, towards the interior or the world, I see the cosmic perspective of a tornado; colour vibrates over schematic chalk, clean outlines, some colour spots seem blood over lines, others dye happines or horror in green or blue, revealing them as particular and contemporary; close children from remote countries, children’s dark eyes looking at me, I see children’s games, children wrapped in their mother’s drapes, children at war; a nearly japaneese drawing shows up, Somalia, China, more Africas; that video in Barcelona, Eliana smelling of old oil paint, the Eliana of minimum and infinite paintings, her slowness with soft music in her interior garden, her rythm, the laberynth of perfumes for those who do not see, long legs, metallic colours, transparencies, a bamboo floor, her etiope way of walking flat stomach first, global village, and the Echo of a little girl with wool stockings; tornadoes and storms, seas, skys, wars and volcanoes.

Exhausted I finally merge from the sea, blind with the sea salt and from the sharpness of images that swam with me, enlightened by a sudden revelation: Eliana Perinat, her life and her work form a one and only whole, an indissoluble plot , a constant reality that does not accept limits between actor and act. In Eliana the known definition “Art is what artists do” becomes “Art is what the artist is”.

So from now on, so as to avoid iterations, whenever I refer to Eliana, it must be understood I speak about her artwork, and vice versa.

I inherited from a friend the custom of consulting the dictionary for the most trivial words, so I now look up the word “Rare” in the María Moliner and I find among its meanings: “Scanty, very few. Exceptional, extraordinay, strange, singular, very different from the ordinary. It applies to certain elements as Cerium, Radio, or Torio that exist in very small quantaties.

I think I’m not mistaken when affirming that Eliana is, like Cerium, Radio, or Torio, a rare artist.

Her interior space is exceptionally wide and the silences from which she feeds on and inhabits are very deep. Eliana is beguiling because she never lies and because in her softness she is unstoppable and stubborn; The esthetic harmony in which she moves isn’t trivial nor comes from an ideal of beauty, it’s on the contrary the result of her active coherence and ethic zeal.

Eliana’s vision is so vertical that she doesn’t know how to look on the surface, each point her eyes fix on, she focuses and transforms into a well. Eliana Perinat is delicate and powerful like the moss that covers the enormous rocks of Urbasa Sierra, and holds the green architecture of an enchanted forest, more alive than the trees.

Eliana’s work is delicate and dangerous, like the leopard that moves in the jungle without practically leaving footprints or making a sound, camouflage in lights and shades, sharing objective space but simultaneously living on common reality’s margins or paralel to it.

I believe this concept of “life at margins” is at the kernel of Eliana’s work, it is one of its motive cores , because the artist, camouflage in lights and shades, chooses freely to live and create at margin. Eliana, from spontaneous empathy, identifies with those she recognises as equals, those who for better or for worse, because of their happiness or their despair, up or down, and in any place, occupy reality’s bangs. I see in this exhibition, Eliana Perinat’s polyphormic and patient work, like a basquet of bangs with which she is knitting a unique design, an exorcism, a calm rebellion, a flying rug that takes us to the last utopia, to a new place, crossbread and full of light with no option nor curse for margins.